jueves, 29 de octubre de 2015

La Perdida (Por: Rudy Yair)

En la lejanía de un desierto se alcanzaba a ver un sujeto, tenía aspecto de moribundo y  desnutrido,parecía haber caminado durante días. Alguien joven como de 16 años no tenía que estar por esos rumbos. Consigo, llevaba una mochila cubierta de arena, al igual que su ropa. Su mirada indicaba que había estado buscando algo, sin embargo no sabía que su travesía acabará más pronto de lo que creía.

Estaba anocheciendo, el pobre chico después de caminar todo el día llegó a notar  las luces de una casa, una muy pequeña a la lejanía, en medio de la nada. Entró lo más apresurado y con mucho cuidado, alcanzaba a notar una música de fondo tipo country. Empezó a voltear la mirada de un lado a otro. De pronto una escopeta cargándose sonó por detrás suya de manera estruendosa. El moribundo joven se volteó y de manera desesperada aviso que no estaba armado. El que cargaba la escopeta era el propietario, con un aspecto serio y nada amigable. Tenía alrededor de 50 años, piel morena, con la barba larga, vestimenta oscura. Su aspecto era algo descuidado y sucio. De manera estricta, y mostrando postura, le preguntó al forastero, que estaba haciendo en su propiedad. El pobre chico le dijo que necesita comer algo porque había viajado durante varios días, le explicó       que está buscando a su perro. El señor bajó su arma y la puso al lado de un librero,  le dijo –mientras se tranquiliza-:”casi te mato por una tontería”. El joven se disculpó por tal cosa, pensó que no había nadie en la casa. El propietario le dijo que pocas veces se ausenta; acto seguido, le ofreció algo de comer y tomar.

Cuando terminó de comer, el señor le preguntó, si había dicho algo de un tal perro. El afirmó, le dijo que su perro –que también era de su hermana- se ha ido de su casa. El señor, sin causar ninguna impresión, le preguntó desde cuando lo buscaba. Le dice que más de 3 meses.

-¿Lleva tres meses buscando a su perro?, amigo eso es mucho tiempo ¿no estás seguro de haberlo encontrado muerto en el camino? - le respondió el viejo hombre de manera impactada. El le explica que su perro era muy fiel, que nunca se despegaba de ellos. El señor le dijo que es un simple animal, que solo seguían sus instintos y no le importaba nada más. Le explicó que no hay necesidad de esforzarse tanto por eso, que tenía que descansar y dejar  de estar en esas condiciones. El chico le insistió que el asunto no era tan sencillo; cuando su perro desapareció su hermana empezó a ponerse nerviosa, pensó que no era para tanto, pero su estado siguió empeorando, decayó emocionalmente y enfermó, llegó a tal punto de  no hablarme; los médicos no encontraron qué causaba su condición. “Ella es alguien delicada y el perro era todo para ella”, añadió.

Esa fue la razón que le dio al viejo hombre de por que se puso a buscar al perro. Llegó a buscarlo en pueblos, preguntando casa por casa. El viejo le comentó que trabajaba como repartidor, que hubiera notado la presencia del  perro ya que recorre todo el pueblo. El chico prosiguió diciéndole que mientras preguntaba a las familias, unas les decían que también perdieron a sus mascotas. El señor tornó a un estado más interesado y con curiosidad le preguntó al chico qué más le habían dicho.  Él contestó que la gente tuvo esperanzas en volver a ver a sus mascotas, que sólo fuera un malentendido.

El viejo le repitió que son solo animales, que lo tenga muy presente para futuras decepciones. El chico, desesperado, le respondió que quiere recuperar al perro para aliviar a su hermana. El señor barbudo le dijo con compasión que lo entendía, tratando de tranquilizarlo, pero que él no podía ayudarlo y repitiendo que no tenía caso seguir la búsqueda.

Hubo un silencio muy desalentador, acto seguido el joven se paró de la mesa y le dio las gracias por la comida. Pero el viejo lo detuvo, le dijo que le va a preparar agua para su viaje. Se fue al pozo mientras el chico esperó dentro de la casa.

Otro incomodo silencio surgió, solo se alcanzó a oír la brisa del viento y el “tic-tac” de un reloj. Empezó a caminar un poco alrededor de la casa y de repente escuchó un sonido casi indistinguible, pensó que su mente le estaba haciendo una broma, pero volvió a escuchar el sonido y lo llego a distinguir esta vez, fue un ladrido.

El chico empezó a darle vueltas a la habitación y notó debajo de una mesa una escotilla oscura, se acercó pegando su oído a la escotilla y pudo distinguir más que un ladrido. Abrió la escotilla, bajó las escaleras qué descendían como dos pisos, abre la habitación, estaba con poca iluminación, una luz tenue pasaba no más allá del centro de la habitación; pero solo con eso se dio cuenta que tenía a decenas de animales domésticos enjaulados: perros, gatos, roedores y aves, de todo tipo; todos en malas condiciones, no se veían enfermos pero sí maltratados. Escuchó unos aullidos de dolor, se fue acercando hacia los alaridos que estaban al fondo de la habitación,  y solo se notaban unas pequeñas luces de fuego, eran gritos de dolor y agonía, el sonido que emitían no era natural; ni los aullidos de dolor cuando uno maltrata a un perro se comparaban con esos. Cuando se acercó solo encontró un horno gigante, por la chimenea escapaban los gritos agonizantes.

El joven actuó lo más rápido que pudo, subió las escaleras, tomó el arma que estaba alado del librero y sigilosamente salió de la casa apuntando desde lejos al hombre. Se fue acercando hacia él, mientras lo veía sacando agua del pozo. Cuando estuvo detrás del él le dijo silenciosamente que no se moviera. El viejo, haciéndose el confundido, le preguntó que es lo que estaba haciendo. Él chico le preguntó que era todo lo que tenía allá abajo, El viejo de manera tranquila expresa: “Ah, un chico curioso”. -Y también salvaje-, interrumpió el chico, tratando de mostrarse amenazador, pero el viejo no demostró miedo, siguió calmado.

-Como a mí me gustan, con un poco de sal y una salsa, la que sea- le respondió el viejo. El chico apretó muy fuerte la quijada expresando: “Maldito”, y sin pensarlo dos veces en cuestión de milésimas sonó la escopeta siendo vaciada. La sangre llegó a salpicar todo el pozo, la cara del viejo ya no era reconocible, su cuerpo se cubrió de sangre y arena, solo hacia movimientos de reflejo en sus extremidades, como cuando le cortas la cola a una lagartija.

El chico regresó al sótano por las mascotas, buscó algo que rompiera las rejas y liberó a todos los animales de ese lugar de manera ordenada. “Son libres”, exclamo.

Intentó hablarle a su perro por su nombre, sabía que contestaría a la primera, pero nunca recibió una respuesta; entendió que su búsqueda había terminado y que termino en un fracaso.

Volvió a echar una mirada para ver si no se quedó un animal atrás, entonces vio a un cachorro escondido en una mesa, era idéntico a su perro. Lo recogió entre sus brazos y lo saco del lugar. Él chico también estuvo fuera de casa por mucho tiempo y supo que era hora de volver, llevando consigo al cachorro.


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