En la
lejanía de un desierto se alcanzaba a ver un sujeto, tenía aspecto de moribundo
y desnutrido,parecía haber caminado
durante días. Alguien joven como de 16 años no tenía que estar por esos rumbos.
Consigo, llevaba una mochila cubierta de arena, al igual que su ropa. Su mirada
indicaba que había estado buscando algo, sin embargo no sabía que su travesía
acabará más pronto de lo que creía.
Estaba
anocheciendo, el pobre chico después de caminar todo el día llegó a notar las luces de una casa, una muy pequeña a la
lejanía, en medio de la nada. Entró lo más apresurado y con mucho cuidado,
alcanzaba a notar una música de fondo tipo country.
Empezó a voltear la mirada de un lado a otro. De pronto una escopeta cargándose
sonó por detrás suya de manera estruendosa. El moribundo joven se volteó y de
manera desesperada aviso que no estaba armado. El que cargaba la escopeta era
el propietario, con un aspecto serio y nada amigable. Tenía alrededor de 50
años, piel morena, con la barba larga, vestimenta oscura. Su aspecto era algo
descuidado y sucio. De manera estricta, y mostrando postura, le preguntó al
forastero, que estaba haciendo en su propiedad. El pobre chico le dijo que
necesita comer algo porque había viajado durante varios días, le explicó que está buscando a su perro. El señor
bajó su arma y la puso al lado de un librero,
le dijo –mientras se tranquiliza-:”casi te mato por una tontería”. El
joven se disculpó por tal cosa, pensó que no había nadie en la casa. El
propietario le dijo que pocas veces se ausenta; acto seguido, le ofreció algo
de comer y tomar.
Cuando
terminó de comer, el señor le preguntó, si había dicho algo de un tal perro. El
afirmó, le dijo que su perro –que también era de su hermana- se ha ido de su
casa. El señor, sin causar ninguna impresión, le preguntó desde cuando lo buscaba.
Le dice que más de 3 meses.
-¿Lleva
tres meses buscando a su perro?, amigo eso es mucho tiempo ¿no estás seguro de
haberlo encontrado muerto en el camino? - le respondió el viejo hombre de
manera impactada. El le explica que su perro era muy fiel, que nunca se
despegaba de ellos. El señor le dijo que es un simple animal, que solo seguían
sus instintos y no le importaba nada más. Le explicó que no hay necesidad de
esforzarse tanto por eso, que tenía que descansar y dejar de estar en esas condiciones. El chico le
insistió que el asunto no era tan sencillo; cuando su perro desapareció su
hermana empezó a ponerse nerviosa, pensó que no era para tanto, pero su estado siguió
empeorando, decayó emocionalmente y enfermó, llegó a tal punto de no hablarme; los médicos no encontraron qué
causaba su condición. “Ella es alguien delicada y el perro era todo para ella”,
añadió.
Esa fue
la razón que le dio al viejo hombre de por que se puso a buscar al perro. Llegó
a buscarlo en pueblos, preguntando casa por casa. El viejo le comentó que
trabajaba como repartidor, que hubiera notado la presencia del perro ya que recorre todo el pueblo. El chico
prosiguió diciéndole que mientras preguntaba a las familias, unas les decían
que también perdieron a sus mascotas. El señor tornó a un estado más interesado
y con curiosidad le preguntó al chico qué más le habían dicho. Él contestó que la gente tuvo esperanzas en
volver a ver a sus mascotas, que sólo fuera un malentendido.
El viejo
le repitió que son solo animales, que lo tenga muy presente para futuras
decepciones. El chico, desesperado, le respondió que quiere recuperar al perro
para aliviar a su hermana. El señor barbudo le dijo con compasión que lo
entendía, tratando de tranquilizarlo, pero que él no podía ayudarlo y
repitiendo que no tenía caso seguir la búsqueda.
Hubo un
silencio muy desalentador, acto seguido el joven se paró de la mesa y le dio
las gracias por la comida. Pero el viejo lo detuvo, le dijo que le va a
preparar agua para su viaje. Se fue al pozo mientras el chico esperó dentro de
la casa.
Otro
incomodo silencio surgió, solo se alcanzó a oír la brisa del viento y el
“tic-tac” de un reloj. Empezó a caminar un poco alrededor de la casa y de
repente escuchó un sonido casi indistinguible, pensó que su mente le estaba
haciendo una broma, pero volvió a escuchar el sonido y lo llego a distinguir
esta vez, fue un ladrido.
El chico
empezó a darle vueltas a la habitación y notó debajo de una mesa una
escotilla oscura, se acercó pegando su oído a la escotilla y pudo distinguir
más que un ladrido. Abrió la escotilla, bajó las escaleras qué descendían como
dos pisos, abre la habitación, estaba con poca iluminación, una luz tenue
pasaba no más allá del centro de la habitación; pero solo con eso se dio cuenta
que tenía a decenas de animales domésticos enjaulados: perros, gatos, roedores
y aves, de todo tipo; todos en malas condiciones, no se veían enfermos pero sí
maltratados. Escuchó unos aullidos de dolor, se fue acercando hacia los
alaridos que estaban al fondo de la habitación, y solo se notaban unas pequeñas luces de
fuego, eran gritos de dolor y agonía, el sonido que emitían no era natural; ni
los aullidos de dolor cuando uno maltrata a un perro se comparaban con esos.
Cuando se acercó solo encontró un horno gigante, por la chimenea escapaban los
gritos agonizantes.
El joven
actuó lo más rápido que pudo, subió las escaleras, tomó el arma que estaba
alado del librero y sigilosamente salió de la casa apuntando desde lejos al
hombre. Se fue acercando hacia él, mientras lo veía sacando agua del pozo.
Cuando estuvo detrás del él le dijo silenciosamente que no se moviera. El
viejo, haciéndose el confundido, le preguntó que es lo que estaba haciendo. Él chico le preguntó que era todo lo que tenía allá abajo, El viejo de manera
tranquila expresa: “Ah, un chico curioso”. -Y también salvaje-, interrumpió el
chico, tratando de mostrarse amenazador, pero el viejo no demostró miedo,
siguió calmado.
-Como a
mí me gustan, con un poco de sal y una salsa, la que sea- le respondió el viejo.
El chico apretó muy fuerte la quijada expresando: “Maldito”, y sin pensarlo dos
veces en cuestión de milésimas sonó la escopeta siendo vaciada. La sangre llegó
a salpicar todo el pozo, la cara del viejo ya no era reconocible, su cuerpo se
cubrió de sangre y arena, solo hacia movimientos de reflejo en sus
extremidades, como cuando le cortas la cola a una lagartija.
El chico
regresó al sótano por las mascotas, buscó algo que rompiera las rejas y liberó
a todos los animales de ese lugar de manera ordenada. “Son libres”, exclamo.
Intentó
hablarle a su perro por su nombre, sabía que contestaría a la primera, pero
nunca recibió una respuesta; entendió que su búsqueda había terminado y que
termino en un fracaso.
Volvió a
echar una mirada para ver si no se quedó un animal atrás, entonces vio a un cachorro escondido en una mesa, era idéntico a su perro. Lo recogió entre sus
brazos y lo saco del lugar. Él chico también estuvo fuera de casa por mucho
tiempo y supo que era hora de volver, llevando consigo al cachorro.